Un texto de Reynaldo Cruz.

K. Fujimori y P. Castillo, se disputan la presidencia del Perú en su bicentenario.

Los electores en Perú se aprestan a elegir, entre un profesor rural y una ex primera dama de un régimen autócrata, al presidente que guiará al país en el bicentenario de su independencia. En el marco de unas elecciones polarizadas y con sesgos informativos, una campaña de miedo, lo único seguro es que los resultados convertirán al perdedor o perdedora en una oposición peligrosa para la estabilidad política, social y económica que necesitamos para recuperarnos del impacto negativo de la pandemia.

De acuerdo a los resultados oficiales emitidos por el Jurado Nacional de Elecciones, Castillo y Fujimori, suman el 25% de los votos emitidos, es decir una cuarta parte de las personas que asistieron a las elecciones de abril confían de alguna manera que uno de los dos tiene las condiciones mínimas para ser nuestro próximo presidente. Según mi parecer, Castillo y Fujimori son los sobrevivientes de un sistema de partidos políticos en crisis, por lo tanto, su representatividad es débil.  

Merecemos a Castillo y a Fujimori, porque a pesar de 200 años de independencia nuestra ciudadanía no es lo suficientemente madura para fortalecer la representatividad de los partidos políticos, no hemos aprendido la lección de inicios del 90 cuando el patriarca Fujimori destrozó la institucionalidad de la democracia; cada 4 o 5 años, la mayoría de peruanos eligen a sus representantes locales o nacionales de acuerdo a simpatías emocionales y terminan en la mayoría de casos decepcionados.

Merecemos a Castillo y a Fujimori, porque la historia del país no se cambia con el activismo de movilizaciones cada vez que quienes nos representan intentan vulnerar nuestros derechos por sus intereses personales y el de los grupos económicos y de poder. No, la historia se cambia haciendo un mea culpa de los errores del presente y el pasado, profundizando en el origen de nuestros males.

Merecemos a Castillo y Fujimori, porque nos dejamos seducir por su imagen y discurso construidos por los asesores de comunicación política. Estamos encandilados con sus máscaras y como un adolescente que se enamora por primera vez creemos ciegamente que uno de ellos va a cumplir los compromisos que sus antecesores decidieron traicionar.

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